Parte 2: Las Sombras del Caminante
El sonido de las sirenas cortó el aire pesado de la gasolinera como un cuchillo, pero para el motociclista, el mundo se había vuelto mudo. Sostenía al bebé —un bulto frágil y frío— mientras observaba el frasco naranja en la mano de la niña. Sus ojos se abrieron de par en par al notar algo que la cámara captó en un primer plano asfixiante: no eran pastillas comunes. Eran cápsulas translúcidas con un extraño líquido azul neón que parecía vibrar bajo la luz fluorescente.
—¿Tu padre? —preguntó él con la voz rota—. ¿Dónde está tu padre, pequeña?
La niña no respondió. En lugar de eso, señaló hacia el bosque que bordeaba la carretera. La cámara se elevó, mostrando una hilera de árboles oscuros que parecían vigilar la escena.

El Hallazgo en el Maletero
Mientras los paramédicos llegaban al auto, uno de ellos soltó un grito. Al intentar sacar los cuerpos de los padres, el asiento trasero se desplazó, revelando un doble fondo en el maletero. El motociclista se acercó, aún con el bebé en brazos. Lo que vio le revolvió el estómago:
Mapas marcados con coordenadas de estaciones de servicio por todo el país.
Decenas de frascos idénticos, todos sin etiqueta, todos llenos de ese líquido azul.
Una fotografía vieja: el mismo motociclista, años más joven, sonriendo junto a los padres que ahora yacían muertos en el asfalto.
El hombre retrocedió, golpeando su propia moto. Un sudor frío le recorrió la nuca. Él no los conocía… ¿o sí?
La Gente que No Ve
De repente, el ambiente cambió. Los clientes de la gasolinera, que antes ignoraban a la niña, se detuvieron al unísono. Como si fueran marionetas movidas por el mismo hilo, todos giraron sus cabezas hacia el motociclista. Sus rostros estaban vacíos, carentes de cualquier emoción humana.
—Ella te eligió a ti —susurró el cajero desde la ventana, con una voz mecánica.
La niña se acercó al motociclista y le entregó las monedas. Al tocarlas, él sintió una descarga eléctrica que le trajo un recuerdo borroso: una habitación blanca, un hombre con bata de laboratorio y el mismo frasco naranja.
El Susurro Final
—Papá dijo que correr no es suficiente —dijo la niña, su voz ahora distorsionada, casi múltiple—. Tienes que terminar el viaje.
Ella señaló el cuello del motociclista. Él llevó su mano a la piel y sintió una pequeña protuberancia bajo la oreja. Una marca de inyección fresca. La cámara hizo un zoom frenético a su rostro: sus pupilas comenzaron a brillar con el mismo tono azul neón que el contenido del frasco.
El bebé en sus brazos dejó de llorar y abrió los ojos. Eran completamente negros.
«No se trata de una sobredosis», pensó el hombre antes de que la oscuridad lo reclamara, «se trata de una entrega».
Próximamente: ¿Quién es realmente el motociclista? ¿Por qué la gente de la estación parece controlada? El secreto del «Proyecto Azul» está a punto de salir a la luz.

